Lonzo y su circunstancia

Lonzo y su circunstancia

Es muy probable que a estas alturas ya les duela la cabeza de tanto oír/leer sobre Lonzo Ball, el padre de Lonzo Ball, los demás hermanos Ball y hasta la madre que parió a todos los Ball. Estarán hasta las balls, y no seré yo quien se lo reproche porque a mí me sucede exactamente lo mismo. Y sin embargo, aún a riesgo de generar aún más hartazgo, no me puedo aguantar las ganas de pergeñar aquí unas breves (espero) líneas acerca del susodicho, de sus evidentes cualidades baloncestísticas y (sobre todo) del ruido mediático que lo envuelve. Avisados quedan.

Obviedad, para empezar: Lonzo es impresionante, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Hacía mucho tiempo que no veíamos nada parecido (a nivel universitario, entiéndase) en términos de capacidad de pase, visión de juego y lectura del partido. Capaz de ver lo que nadie ve, y de ponértela donde nadie te la pone. No es ya que sea de esos bases que hacen mejores a sus compañeros, es que es de esos bases capaces de dar sentido al juego de un equipo con su mera presencia. Sí, incluso a uno tan caótico como UCLA, tan rebosante de talento como carente de orden en temporadas precedentes. La diferencia entre los terribles Bruins 2015/2016 y los estupendos Bruins 2016/2017 fue únicamente Ball, por más que por momentos Leaf e incluso Anigbogu nos hicieran creer otra cosa. Principio y fin de todo, así creando juego como compartiéndolo… e incluso consumándolo cuando fue menester.

Que lo fue a menudo. Cronistas, ojeadores y demás fauna se han jartado durante todo este año a comparárnoslo con Jason Kidd (palabras mayores), sin reparar quizá en que hay algo que Kidd (aún en su grandeza) no tuvo jamás: un tiro exterior consistente. Lonzo sí lo tiene: un tiro atípico, que se saca desde muy abajo, desde donde le da gana (ocho o nueve metros incluso, por lo que no parece que el rango NBA le haya de representar ningún problema) y sin aviso previo, sin que casi nunca lo veas venir. Un tiro tan poco académico como inusualmente efectivo, que le hace ser mucho más peligroso: le defiendas como le defiendas te la puede clavar, de una manera u otra.

Ahora bien, Lonzo no es perfecto, nadie lo es, aún menos a estas alturas. Lonzo tiene cosas que casi nadie tiene pero ello no significa que no tenga también carencias, que quizá por contrastar con sus inmensas virtudes se hacen aún más evidentes. Lonzo no tiene un físico superlativo, algo que obviamente no pasa desapercibido ante los exigentes parámetros NBA. A ver, no es que sea cojo ni manco precisamente, no desparramemos, simplemente no posee la potencia ni la explosividad de sus colegas Fultz, Fox o Smith. Y quizá por ello su repertorio de anotación es bastante menos variado: Ball anota desde muy lejos o desde muy cerca, sin término medio. O triple o penetración hasta debajo mismo del aro, no hay más (o casi). Es muy raro verle pararse y tirarse un floater a tres/cuatro metros cuando las circunstancias lo requieren, algo que sus coetáneos antes mencionados sí trabajan con más o menos asiduidad. No tiene ese recurso, o si lo tiene lo disimula. Tiempo tendrá para implementarlo, en cualquier caso.

No, no tiene las piernas de De’Aaron Fox, y obviamente no lo digo en base a criterios numéricos ni aún menos estéticos sino meramente físicos. Y esa comparación con Fox no es baladí: dos veces se enfrentaron esta temporada, y si en el plano colectivo se repartieron las victorias en el individual fue siempre Fox quien se llevó el gato al agua: con relativa claridad en el choque del Rupp Arena, con rotundidad absoluta en el duelo de Sweet Sixteen. Un balance que no da como para colocar a Fox por encima de Ball en las previsiones pre-draft, ya que sus cualidades (que las tiene, y no pocas) no dan como para que supere la distribución y la visión espacial del californiano. Pero ya le pisa los talones en algún mock, y al fin y al cabo esto (sus respectivas carreras, me refiero) no ha hecho sino comenzar. Tiempo al tiempo, no vaya a ser que dentro de unos años tengamos que recordar esta misma comparación.

Pero lo que más me chirría de Lonzo (no, todavía no voy a hablar de su padre, para eso aún queda algún párrafo) es su nivel de implicación. O de falta de ella, para ser más preciso. Claro que este es un tema muy personal en el que jamás reparará ni uno solo de los general managers, reparo yo que soy muy raro, por favor no me lo tengan en cuenta. Lonzo es el rostro impenetrable. Jamás le vi alegrarse por ninguna victoria ni disgustarse por ninguna derrota, jamás le vi expresar ni la más mínima emoción. Le pinchas y no sangra, o acaso sangre por dentro pero jamás lo parece desde fuera. De alguna manera me recuerda a Andrew Wiggins, aquella esfinge a la que jamás (ni en su curso con Kansas ni en las pocas veces que lo reencontré con Canadá o los Wolves) le vi mover ni un solo músculo de su cara así ganara, perdiera, disfrutara, sufriera, machacara o le taponaran. Ni aunque viera pegándose a sus compañeros a un metro de distancia (aquel tremendo duelo ante la Oklahoma State de Smart) lograba componer ni la más mínima mueca. Nunca. Pues Lonzo tres cuartos de lo mismo, quizá sin llegar a esos extremos pero sí asemejándose peligrosamente. Puede que sea una mera cuestión de inexpresividad, o puede que le dé igual todo. Ojalá sea lo primero.

Comenté esto mismo en Twitter pocos segundos después de su derrota más dolorosa del año (Sweet Sixteen, obviamente) y alguien me afeó el comentario diciéndome que su madre estaba hospitalizada, que probablemente sería por eso (como si en otras ocasiones hubiese sido diferente). Puede que influyera, no digo yo que no… pero en cualquier caso dicha influencia se le pasó al instante, justo lo que tardó en anunciar que se iba a la NBA. Aún estaba el cadáver caliente y ya andaba el viudo liándose con otra, quizá no sea el símil más afortunado pero ustedes cogen la idea. Aún estaba UCLA de cuerpo presente, aún lloraban sus compañeros sin haber terminado siquiera de ducharse, aún no lo habían asumido sus aficionados, aún tendrían que pasar (en algún caso) varios días hasta que acabaran de pasar el duelo… y a Lonzo ese mismo (presunto) duelo no le costó ni cinco minutos. Si los seguidores Bruins aún albergaban alguna duda sobre su nivel de (no) implicación, se les debió quitar de inmediato.

Que no es una cuestión de ser one and done, que one and done se puede ser de muchas maneras, que el que vayas a estar sólo un curso no implica necesariamente que te la sude lo que ocurra en él. Por seguir con la (odiosa) comparación anterior, yo no vi que De’Aaron Fox tras su dolorosísima derrota de dos días más tarde ante North Carolina apareciera perdiendo el culo diciendo que se iba a la NBA, más bien le vi llorando desconsolado sobre el hombro de Bam Adebayo (y viceversa). Dejó pasar el tiempo, permitió que la derrota se enfriara y luego ya sí, hizo su oportuna declaración para confirmar oficialmente lo que todos sabíamos de sobra. Que dirán que qué más da, si al fin y al cabo el resultado es el mismo. Pues tal vez, pero yo creo que las formas aún importan en este juego, y en la vida. Tanto más en un ámbito tan cargado de afectos e implicaciones emocionales como es el baloncesto colegial.

Y ahora ya sí, llegó por fin el momento que estaban temiendo desde que empezaron este artículo. Yo soy yo y mi circunstancia, dicen que dijo Ortega (y Gasset). Lonzo es Lonzo y su circunstancia, acaso un cúmulo de circunstancias pero nosotros básicamente conocemos una. Una que responde al nombre y apellido de (efectivamente) LaVar Ball.

En el deporte (que llaman) rey se acuñó hace muchos años la expresión futbolista con padre. Dícese de aquel jugador (preferentemente aún en proceso de formación) cuyo progenitor no se limita a apoyar a su hijo en todo, darle algún buen consejo de vez en cuando y seguir su evolución a prudente distancia, sino que más bien al contrario se dedica a enredar: tú eres muchísimo mejor que fulano y mengano que te quitan el puesto, tú eres la hostia en verso aunque el gilipollas de tu entrenador no quiera verlo, házselo saber, si tú no se lo dices ya se lo diré yo, si aún así no entra en razón tendré que amenazarle con llevarte a otro equipo, ya verás entonces qué rápido pierde el culo por ponerte, qué sé yo, algo así. Y le ves en los entrenamientos cada lunes y cada martes, entrometiéndose en los vestuarios y hasta en las oficinas del club, encizañando ante la prensa, calentándole la oreja a todo dios, haciéndose (y haciendo de paso a su hijo, que es peor) particularmente odioso, perjudicándole en lugar de ayudarle, dificultando su aprendizaje, impidiéndole que un día pueda volar solo. Salvando las (inmensas) distancias, Lonzo Ball es un baloncestista con padre. Expresión que así en principio puede sonar hasta bien en un ámbito de familias tan desestructuradas como el que nos ocupa, pero que en este caso tiene un sentido completamente distinto. El peor sentido posible.

Un padre capaz de (por ejemplo) encontrarse a Lonzo hablando con una compañera, jugadora del equipo femenino de UCLA, y echarla con cajas destempladas al grito de ¡¡¡tú no vas a vivir de mi hijo!!! Sirva este caso para ilustrar el grado de intromisión del susodicho, obviamente hay muchos ejemplos más pero no seré yo quien se los cuente porque ya están al cabo de la calle, bastante les han puesto la cabeza mala con él para que se la ponga yo más todavía, ya recibe mucha más publicidad de la que merece. Pero sí me van a permitir que haga hincapié en una de sus afirmaciones más peregrinas de estos últimos meses (y miren que hay donde escoger), aquella de que mi hijo sólo jugará para los Lakers. Que yo ingenuamente pensaba que en el draft NBA eran los equipos quienes escogían a los jugadores pero debe ser que lo han cambiado, lo mismo ahora son los jugadores quienes escogen a los equipos. O al menos así debe funcionar en la mente de LaVar Ball.

Que una cosa es decir (como dijo Lonzo, y me parece perfectamente legítimo) que prefiere jugar en los Lakers a ser número 1 del draft, y otra ya muy distinta es afirmar (como afirmó papá) que su retoño sólo jugará para un determinado equipo, que se vayan olvidando todos los demás. Todo lo cual no deja de ser un brindis al sol, pero es también (y sobre todo) un intento de condicionar el proceso. ¿Se sentirán libres cualesquiera otros equipos para escoger a Lonzo, habiendo éste (o más bien su entorno) afirmado con rotundidad que no quiere jugar para ellos? ¿Qué sucederá (dado que los designios del draft son inescrutables) si Lonzo finalmente acaba en las filas de Kings, Magic, Sixers o incluso Celtics (¡¡¡Celtics!!!), opciones todas ellas perfectamente plausibles? ¿Tragará? ¿Se mostrará con su habitual displicencia tras de que Silver pronuncie su nombre? ¿Se dejará que le encasqueten la gorra, si ésta no es amarilla? ¿Se rebelará? ¿Se vendrá a Europa como aquel Danny Ferry de hace veintiocho años, cuando se negó a jugar para los Clippers? ¿Y en qué lugar deja esto a los Lakers? ¿Qué cara se les quedará a los Ball si el sorteo llevara a los angelinos a lo más alto del draft y luego pasaran de él, si pudieran escogerle y no lo hicieran, si prefirieran a Fultz, si creyeran acaso que Josh Jackson se ajusta mucho mejor a sus necesidades?

No teman, no llegará la sangre al río. Meros fuegos de artificio que muy probablemente se quedarán en agua de borrajas (será por metáforas). Lonzo tiene ya desde hace año y medio la mayoría de edad legal, y el próximo 22 de junio tendrá también la mayoría de edad profesional. Puede que de entrada le veamos un tanto mohíno (aún a pesar de su imperturbabilidad) si sus deseos no se corresponden con la realidad, pero no duden de que finalmente jugará donde tenga que jugar (marianismo) sin que su evolución baloncestística a partir de ese momento tenga poco o nada que ver con ello. Por supuesto que aún seguiremos teniendo a LaVar hasta en la sopa, más que nada porque aún habrá de tutelar los inicios de LiAngelo o LaMelo (¿no hubo ningún hispano cerca que le disuadiera de ponerle ese nombre al niño?); pero se nos irá diluyendo poco a poco hasta que un día ni le recordemos, como hoy ya casi ni nos acordamos de (salvando de nuevo las distancias) las madres de Ray Allen, LeBron o Durant por citar los primeros tres ejemplos que se me vienen a la memoria. Y si las televisiones quieren seguir explotando su filón mediático que se lo lleven a Supervivientes o a donde sea, pero lejos. Lo más lejos posible, para que sus hijos puedan volar solos sin que nadie se empeñe en hacérnoslos odiar.

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