El primer paso de un nuevo viaje

La cuna del baloncesto de la costa oeste ha estado a menudo focalizada en el estado de California, donde encontramos High Schools y Prep Schools como los de Mater Dei o Bishop Montgomery de gran relevancia nacional y programas universitarios de baloncesto de primer nivel como UCLA, USC o California. Estados como Arizona, Utah, Colorado, Nevada u Oregon llevan muchos años respirando baloncesto de primer nivel, tanto a nivel universitario como profesional. Pero algo más alejado de esta tónica se encuentra el estado de Washington, más aún desde que hace unos años nos privaron de nuestros Seattle Supersonics, y sólo alguna temporada fugaz de los Huskies de Washington y más recientemente el éxito de Gonzaga Bulldogs en Spokane han dado algo de vida a un estado donde el football se lleva gran parte del patrimonio deportivo estatal de manos de los Seahawks.

Pero a principios de la década pasada surgiría una futura estrella NBA, un jugador que acapararía titulares a nivel nacional y volvería a relacionar a la ciudad de Seattle con el baloncesto tras su reubicación en Oklahoma City. Aparecía en escena un joven Brandon Roy con hambre de comerse el mundo.

Brandon nació en el seno de una familia estructurada y trabajadora. Su padre, conductor de bus, y su madre, cocinera en la cafetería de una escuela local, no lo tuvieron nada fácil para sacar adelante a sus cuatro hijos. Su padre habitualmente tenía jornadas de trabajo inverosímiles para que en casa nunca faltase un plato de comida en la mesa. Y desde su familia, Brandon muy pronto empezó a interesarse por los deportes. Primero en el fútbol, con apenas 5-6 años, donde jugaba frente a niños mayores que él, para más tarde probar suerte en el mundo del baloncesto arengado por su propio padre, que jugó en el equipo de su instituto cuando era joven.

«Me enamoré de la competición», recordaba Brandon. «Era genial estar en un equipo y ser competitivo. Quería involucrarme cada vez más en más en otros deportes y poder seguir saboreando esa sensación». Y así fue. Además del soccer y el baloncesto, llegó a practicar kárate, béisbol, football y atletismo en edad escolar. Su padre ejercía de prematuro «coach» para Brandon, y su hermano mayor Edward -que se convertiría en un gran atleta- era su gran modelo a seguir. «Mi padre, Edward y Michael Jordan eran mis grandes ídolos cuando era pequeño».

Asistió pleno de ilusión al James Garfield High School, localizado en el centro de Seattle -mismo instituto que sus padres y hermanos- y no fue una sorpresa cuando pronto se apuntó en el departamento de deportes del instituto. Al igual que su padre y hermano mayor, su apuesta en la secundaria se centró en el baloncesto, más aún después de haber crecido tres pulgadas el año anterior. «El soccer y el football eran al aire libre, y en Seattle hace mucho frío. Además, el baloncesto se jugaba en cancha cubierta y mis zapatillas eran muy chulas. No fue una decisión muy complicada», sonreía Brandon.

Su primer año fue de adaptación, aunque no fue fácil coincidir en el mismo equipo que tu hermano mayor, donde la estrella del equipo y una de las grandes referencias de Brandon en su vida. Debutó con nueve puntos en su primer partido, y aunque siempre estuvo como jugador de rol, poco a poco iba evolucionando jugando ante chicos más mayores que él. En su segundo año estuvo más limitado de minutos, jugando únicamente en el segundo tramo de temporada, lo que aprovechó para mejorar en su tiro, su dribbling y en los lanzamientos libres. Brandon tuvo que pasar un mal trago al finalizar la temporada, la última de su hermano en el instituto. Garfield logró llegar a las semifinales estatales, y con apenas dos segundos para el final del encuentro ante Tacoma’s Foss HS el marcador reflejaba un 54-52 favorable a éstos, pero Brandon tenía en su poder la última bola, con dos tiros libres. Los tiros libres que Brandon tanto había entrenado en su tiempo libre. No fue nada fácil para un chico de apenas 15 años aguantar lo que sucedió a continuación. Brandon erró los dos tiros, fruto de la presión, el nerviosismo, el ruido, las circunstancias… llamémoslo equis. Concluía amargamente el ciclo de instituto para su hermano Ed, quien con rabia y resignación se arrancaba la camiseta y la lanzaba a las gradas. La cara de Brandon, un poema.

Con buena parte de este equipo ausente por graduación, era el tiempo de Brandon Roy. Corría el año 2000, y el año junior de instituto de Brandon se convertiría en el gran trampolín a la fama del siguiente de la estirpe familiar. Ejerció como líder nato del equipo, con números que superaron los 18 puntos y 5 rebotes por encuentro, y no tardaron en salir las primeras especulaciones sobre su prometedor futuro universitario. Tal era el potencial del joven Brandon que ese mismo año acabaría entre los 50 mejores jugadores de instituto de todo el país, llegándole a casa las primeras becas universitarias. Pese al interés de programas universitarios muy potentes, como la Arizona de Lute Olson, Brandon decidió no salir de casa, firmando una NLI para asistir a la universidad de Washington. Otra gran razón para elegir a los Huskies, es que allí coincidiría con tres compañeros de Garfield: Tre Simmons, Will Conroy y Anthony Washington.

«Era un gran fan de Arizona por Jason Terry, quería emularle», comentaba Brandon. «Cuando estaba en pleno proceso de reclutamiento pensaba que si no elegía a Arizona sería un gran error. Estuve muy cerca porque quería jugar para Lute Olson, pero al final decidí quedarme cerca de mi familia y mis amigos. Son lo más importante para mí». También coincidió que ese mismo verano Washington cambiaría de entrenador, firmando al asistente de UCLA Lorenzo Romar. Cuando se reunió junto con su padre para conocerlo, Lorenzo lo vio claro: «Creo que vamos a disfrutar mucho con Brandon».

En su año senior despegó definitivamente el ciclón Roy. A nivel colectivo solo pudo llevar a los Bulldogs a la cuarta plaza del estado, pero su juego y sus números crecieron como la espuma, promediando 22.3 puntos y 10.4 rebotes y siendo MVP de su conferencia. Al finalizar la temporada llegaría a probar con los Portland Trail Blazers, donde llegó a coincidir en los workouts con el futuro NBA Boris Diaw. Y trabajando con Diaw piel con piel en la sesión de prueba de los Trail Blazers, Roy se dio cuenta que aún no estaba preparado. «Siempre he sido honesto conmigo mismo», recordaba Roy. «Físicamente no estaba listo para ir a ese nivel, sentía que podía jugar al baloncesto profesional, que podía jugar algún día en la NBA, pero tenía que ser más fuerte». Su mirada estaba ya clavada en los Huskies de Washington.

Nadie dijo que su aventura en la universidad fuese sencilla para un jugador con talento para el deporte. Brandon Roy era un buen estudiante, pero arrastraba desde niño una discapacidad de aprendizaje que hacía que la comprensión lectura para él fuese una odisea, al igual que su hermano Ed. Precisamente Ed tuvo que optar por ir a un Junior College en lugar de formar parte de la NCAA pese a tener buenas ofertas de programas de fútbol y baloncesto ya que no fue capaz de superar el examen de ingreso a la universidad (SAT). Brandon quería evitar a toda costa seguir su misma trayectoria.

Brandon suspendió su primer intento, también el segundo, e incluso el tercero. La temporada universitaria se iniciaba y Brandon no quería ser una carga para sus padres, por lo que decidió tomar un trabajo en la limpieza de los muelles de Seattle mientras preparaba una última intentona en el mes de diciembre, y todo mientras no lograba ser elegible al comenzar la temporada y con la sombra del Junior College en el horizonte. Por fortuna, un aprobado en diciembre dio vía libre a Roy para su elegibilidad universitaria, escogiendo la carrera de Estudios Étnicos Americanos. Recordando su esfuerzo por aprobar el SAT, Roy llegó a afirmar que «era lo más duro que tuve que superar en mi vida».

Se había perdido los primeros catorce partidos de su año freshman, pero Roy no quería hablar de redshirt, pidiendo como favor a su entrenador Lorenzo Romar que fuese cuanto antes incluido en la rotación de los Huskies, y a base de trabajo pudo adquirir minutos en su primera temporada. Su importancia en el programa mejoró notablemente en su año sophomore, siendo un jugador capital para Romar y titular en los 31 partidos que los Huskies disputaron. Promedió 13 puntos por encuentro con un 48% en tiros, pero aún le quedaba mucho trabajo para ganar más consistencia en su tiro exterior y en aptitud defensiva, uno de sus fuertes años atrás.

Roy ganó una gran confianza tras esta temporada, y se propuso dar el salto a la NBA al finalizar su año junior. Sin embargo, comenzaría su particular vía crucis con sus rodillas. Tras tres partidos como titular Roy sufrió un desgarro lateral en su rodilla derecha ante Oklahoma, lo que hizo que se perdiese más de un mes de competición. Roy regresó para disputar 23 partidos más esa temporada, aunque con minutos limitados, y dejando el protagonismo del equipo a un Nate Robinson que llevaría a los Huskies al Sweet Sixteen. Tras el torneo, Roy decidió volver a esperar. No quería salir en segunda ronda o undrafted por culpa de su lesión de rodilla, así que decidió terminar su ciclo universitario y regresar a Washington para su año senior. Lorenzo Romar veía la vuelta de Brandon Roy al cien por cien como una gran oportunidad: «La gente no entiende lo bueno que es Brandon Roy. Es uno de los jugadores más infravalorados del país, y esto no durará mucho».

Esto se reflejó en su último año. Mucha gente esperaba que Roy fuese un vendaval ofensivo que optase por el título al jugador del año y aupase a los Huskies a cotas inimaginables, pero la realidad es que Brandon era un jugador muy competitivo, muy versátil y que ayudaba mucho al equipo en ataque y defensa, pero no esa superestrella que algunos ansiaban. Ese falso velo sobre Roy le provocó caer muchos puestos en los mocks de draft de ese año. «Cuando los partidos sean más duros él aparecerá más y hará más cosas y anotará más», decía Lorenzo Romar a los periodistas. También Roy se hacía eco de los comentarios de los periodistas: «La gente decía que debía anotar 30 puntos por noche, pero he visto jugadores con potencial NBA cometer grandes errores intentado demostrar algo que no son. Pero no seré yo uno de ellos».

Pese a esta polémica, Roy respondió a las expectativas al finalizar la temporada: Player of the Year de la conferencia, First Team de la conferencia y finalista para el Wooden Award, el Naismith Award, el Oscar Robertson Trophy y el Adolph Rupp Player of the Year, convirtiéndose en el jugador de Washington más premiado de las últimas 50 temporadas. Además, guio a los Huskies a un seed #1 histórico en el NCAA Tournament y se convirtió en el décimo máximo anotador y el sexto máximo asistente de la historia del programa.

El tan ansiado draft le esperaba, y tras ser proyectado como uno de los grandes talentos del draft de 2006 acabó en manos de unos Portland Trail Blazers que no le desaprovecharon. Junto a su compañero LaMarcus Aldridge, formaron un dúo novato que prometía muchísimas alegrías, y su buen hacer en su temporada de debut le hizo conseguir casi unánimemente el galardón al Rookie of the Year. «Es raro ver un novato intervenir de esta forma, asumiendo un papel de liderazgo y convertirse en un go-to-guy como Brandon tiene esta temporada», declaró su entrenador Nate McMillan. «Brandon es un fenomenal talento joven y tiene la oportunidad de convertirse en un jugador muy especial en esta liga».

El resto de su historia como jugador en la NBA ya la conocemos todos. Tras ser tres veces All-Star, las rodillas que ya le habían advertido en su época de secundaria y de universidad le volvían a jugar una mala pasada, esta vez letal para su futuro. Ambas rodillas estaban tan degeneradas que carecían de cartílago entre los huesos, provocando que en 2011 anunciase formalmente su retirada como jugador de baloncesto. Roy estuvo tratándose las rodillas durante todo el año siguiente en Seattle con una terapia de plasma que consistía en rescatar células del propio cuerpo, mezclarlas y reinyectarlas en la articulación, generando una gran mejoría en el estado físico del jugador. Estas mejorías hicieron que en junio de 2012 Roy declarase su intención de regresar a las pistas, y los Timberwolves de Minnesota le concedieron su deseo.

El optimismo generado con su vuelta fue glorioso, y los aficionados ansiaban verlo de nuevo sobre el parqué. Sin embargo, un golpe durante un encuentro de pretemporada le lastimó su rodilla derecha, y solo pudo disputar cinco partidos oficiales con los Timberwolves antes de que volviese a pasar por última vez por quirófano, dando finalmente por concluida su travesía como jugador profesional. Así acababa la trayectoria de una futura leyenda de la NBA, a los 28 años, tras seis temporadas y sin rodillas.

Brandon Roy encontró consuelo en los suyos, sus padres, sus hermanos, sus amigos y especialmente sus hijos. «De las cosas que más le dolían a Roy era no poder pisar una pista, no sentir esa camaradería entre sus compañeros, le molestaba muchísimo no volver a sentir eso. Lo que es la fama y ser el centro de los focos no le importa ni lo más mínimo», comentaba su ex-compañero Will Conroy. Y tras algunos años estando apartado de la opinión pública, Roy decidió no rendirse, y creyó que su vida dedicada al baloncesto no terminaba aquí. Y acertó, vaya si lo hizo.

Roy se asentó en su Seattle natal trabajando con algunos de los mejores prospects de su ciudad, de su área, de su estado. Muchos le instaron a dar el paso para ser entrenador: tenía carisma, tenía liderazgo, tenía paciencia y tenacidad para comenzar desde cero, experiencia profesional tras trabajar al más alto nivel como jugador… y tenía ganas, muchas ganas de volver a sentirse parte del baloncesto. Su única condición: estar cerca de su familia para pasar tiempo con sus hijos. Y su oportunidad llegó de manos del Nathan Hale High School, un humilde instituto público de Seattle, donde el pasado verano le concedió vía libre para su propio proyecto.

El instituto venía de ganar tan solo un partido la pasada temporada, no se clasifica para el campeonato estatal desde hace más de 20 años y llegó a recibir palizas de hasta 81 puntos de diferencia el año pasado. Todo esto, con cinco entrenadores diferentes en los últimos cinco años. El proyecto de reconstrucción del equipo de baloncesto del instituto comenzó con Roy, pero pronto llegaría la grata sorpresa de la llegada de Michael Porter Jr., uno de los recruits más importantes de 2017 de todo el país como consecuencia de la llegada de su padre, Michael Porter, como asistente técnico de Lorenzo Romar en la universidad de Washington. Ambos «fichajes» propiciaron que la escuela pasase automáticamente a tener relevancia nacional. Y ya no solo eso, la llegada de ambos a Nathan Hale propició la llegada de interesantes prospects de todo el país a la escuela con 7 adiciones en los meses posteriores, incluido P.J. Fuller, un top 25 de la clase de 2019.

Y es que, a medida que los jugadores comenzaron a conocerse en la cancha, analistas de todo el país comenzaron a reconocer la colección de talento reunida bajo la batuta de Brandon Roy.

Nathan Hale empezó la temporada rankeada entre los mejores equipos del país, algo inédito en la escuela. Ganaron no sin dificultades sus ocho primeros encuentros de temporada, incluido las victorias a la Sierra Canyon de Marvin Bagley y Cody Riley, así como a la prestigiosa Oak Hill Academy en un encuentro televisado a nivel nacional por la ESPN. Lejos de ser una lacra, la inexperiencia de Brandon Roy como entrenador contrastaba con la grandiosa habilidad de transmitir a sus jugadores cómo leer las jugadas, cómo comprender el juego, las diferentes situaciones de partido, la frialdad con la que a veces hay que afrontar jugadas decisivas… ha sabido plasmar su estilo de juego como jugador y conectarlo a su nueva plantilla.

«Brandon siempre ha estado a años luz por delante de su competencia en lo que respecta al lado mental del juego», relataba su ex-compañero Will Conroy. «No estoy seguro de que pueda explicar a alguien en palabras cómo ve e interpreta el juego».

Pero el éxito del programa, más allá de la visión y mente de Brandon Roy, no dejó de radicar en el temporadón de un transgresor Michael Porter Jr., el mejor jugador de toda la secundaria la temporada pasada, donde sus 34.8 puntos y 13.8 rebotes por partido les permitió llevar a Nathan Hale al título estatal tras un inmaculado 29-0. Muchos le comparan ya con un joven Paul George o Kevin Durant, y ya la próxima temporada podremos disfrutar de él en la NCAA de manos de Cuonzo Martin y la universidad de Missouri.

A Roy también le llegó su recompensa. En su primer año como entrenador ha sabido encabezar a Nathan Hale HS a todo un título estatal sin cosechar una sola derrota, ha sabido nutrir a sus jugadores de los valores que le catapultaron a él al estrellato internacional, y ha vuelto a poner a Seattle nuevamente en el mapa baloncestístico. Su Naismith Trophy al Entrenador del Año de High School ha sido el colofón perfecto a muchos años de sufrimiento y dolor por su obligada retirada, y a sus 32 años ha vuelto a encontrar su lugar en el mundo del baloncesto.

«Estoy feliz, no puedo estar en un lugar mejor en este momento. Esperemos que sea el primer paso de un largo viaje».

Imagen: Def Pen, NBA Avenue, Cheat Sheet